Murió Raúl Guglielminetti, represor clave de la dictadura y operador del terror en Neuquén

El ex agente de inteligencia, condenado por crímenes de lesa humanidad, falleció a los 84 años sin aportar información sobre el destino de sus víctimas. En Neuquén fue una pieza central del aparato represivo ligado a la Triple A y al control político de la Universidad del Comahue.
Regionales22/01/2026RedacciónRedacción

Guglielminetti

Redacción - Raúl Antonio Guglielminetti, uno de los represores más emblemáticos y multifacéticos de la última dictadura cívico-militar, murió a los 84 años en su domicilio de Mercedes, donde cumplía arresto domiciliario por razones de salud. Conocido como “El Mayor Guastavino” o “El Ronco”, falleció sin mostrar arrepentimiento ni romper el pacto de silencio que sostuvo hasta el final sobre el destino de las personas que secuestró, torturó y desapareció.

Su nombre volvió a cobrar relevancia pública en julio de 2024, cuando recibió en la cárcel de Ezeiza a un grupo de diputados de La Libertad Avanza, a quienes entregó un sobre con supuestas “propuestas” para liberar a los represores condenados por delitos de lesa humanidad.

Aunque su prontuario criminal se extendió por distintos centros clandestinos del país, Neuquén fue uno de los territorios donde Guglielminetti consolidó su rol como operador del terrorismo de Estado. A comienzos de los años setenta se desempeñó como agente civil de inteligencia del Batallón 601 y fue una figura clave en el Destacamento de Inteligencia 182. Allí actuó como mano derecha de Remus Tetu, interventor de la Universidad Nacional del Comahue, en el marco de una feroz persecución ideológica contra estudiantes, docentes y trabajadores.

En la región, Guglielminetti estuvo vinculado al accionar de la Triple A y a tareas de inteligencia, seguimiento y represión que anticiparon el esquema que luego se profundizaría con el golpe de 1976. Su paso por Neuquén dejó una marca directa en el entramado represivo local, articulando el control universitario con la caza de militantes políticos y sociales.

Tras su etapa en el sur, integró la banda de Aníbal Gordon en el centro clandestino Automotores Orletti, dependiente de la SIDE, y luego formó parte de las patotas de la Superintendencia de Seguridad Federal. Sobrevivientes de El Olimpo y el Club Atlético lo identificaron como uno de los torturadores más crueles, con un ensañamiento particular hacia determinados detenidos y prácticas humillantes contra las mujeres secuestradas.

También participó de secuestros extorsivos bajo la fachada de la llamada “subversión económica” en Campo de Mayo, como en la causa Chavanne-Grassi. En 1987, ante la Cámara Federal, sintetizó su trayectoria con una frase que quedó como símbolo de la impunidad de los servicios de inteligencia: “He sido preparado como agente de inteligencia para obrar, en el noventa por ciento de los casos, al margen de la ley”.

Detenido recién en 2006 tras años prófugo, Guglielminetti acumuló condenas a prisión perpetua en múltiples causas por crímenes de lesa humanidad. Sin embargo, murió en su cama, beneficiado por una prisión domiciliaria concedida luego de sufrir un hematoma subdural mientras estaba detenido.

Su muerte cierra una vida dedicada al terror, pero deja abiertas —especialmente en Neuquén— las heridas y las preguntas sobre el destino de sus víctimas y las redes civiles y militares que lo sostuvieron.

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